viernes, 20 de mayo de 2011

No recuerdo el día en el que me subí en unos zapatos de tacón.


Seguramente pertenecían a mi madre o quizá a mi tía. Da igual. Para mí, llevar tacones es como andar descalza por las playas de Barbate mientras saboreo un delicioso cucurucho de chocolate y pistacho.
Soy una mujer jovial, me siento en los bancos de los parques y observo a las madres con sus hijos, a las abuelas con sus nietos, a las palomas comiendo el sándwich que no quería la niña del lazo rosa en el pelo. Camino por las calles de esta gran ciudad con mis tacones de lunares, mis favoritos. Una señora me pregunta por la puerta de Alcalá, le indico hacia dónde tiene que ir y no puedo evitar seguir caminando mientras canto en mi cabeza la canción interpretada por Ana y Víctor; Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo, la puerta de Alcalá.
Me duelen los pies de caminar por las calles de Madrid. Los zapatos no suelen hacerme daño, pero hoy es un día diferente, me ha salido una ampolla en el pie derecho. No llevo medias porque hace mucho calor y está llegando el verano, lo noto en los cristales de mis gafas de sol que ya no se empañan.
El teléfono suena pero no lo voy a coger. Es mi madre. Quiere que le dé permiso para ir al bingo esta noche, pero no la voy a dejar ir, ella sabe el motivo. ¡Me gustan tanto estos zapatos! Me los regaló un viejo amante. Ya no sé qué será de su vida, lo último que me contaron es que se había casado con una mujer que había sido Miss Peñíscola. Nunca he conocido a una Miss. A ellas también les gustan los tacones, pero por muy mises que sean, no tienen unos tacones tan bonitos como los míos. Lo mas alucinante de todo es… CONTINUARÁ…

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